








La corrección política –¿y acaso también la económica?– afirma que sin una entidad de planeamiento estratégico, el famoso Ceplan, el país navegaría a la deriva y el progreso sería imposible.
Que yo sepa, el Perú está clara, pero no irreversiblemente, enrumbado a un mejor futuro, y sin Ceplan. De modo que indispensable no es, pero ¿conveniente?
Sería muy fácil descalificar toda planificación como un epígono de marxismo. Pero ¿acaso las empresas privadas no planifican? En su Teoría de la Firma, Ronald Coase, el Nobel de economía, tipifica a las compañías como enclaves de socialismo, porque al interior de ellas no funciona el mercado sino precisamente la planificación centralizada. De hecho, modernas teorías (y prácticas) como el Market Based Management propugnan introducir la competencia como mecanismo de mercado al interior de la empresa (Perú Económico, diciembre 2007).
El problema no es tanto de marxismo como de “desarrollismo”. Esa corriente –denuncia el profesor de NYU William Easterly (Perú Económico, julio 2007)– admite un único recetario para resolver todos los problemas. Es peligroso (como el fascismo y el comunismo, exagera Easterly) porque tiene el apoyo de los organismos multilaterales y se disfraza de tecnocracia cuando es en realidad una ideología dogmática. Implica una confianza excesiva en una casta de iluminados funcionarios capaces de diseñar minuciosamente el progreso. Como otros dirigismos, asume –sin demostrar– la superioridad intelectual y moral de la tecnocracia. De hecho, los defensores del Ceplan arguyen que éste debería fijar las grandes prioridades nacionales, no los políticos. Pero ¿no era para eso que los elegíamos (limitando su discrecionalidad mediante la Constitución)? Y con esas pretendidas prerrogativas ¿no sería el Ceplan una suerte de súper poder del Estado que justificaría, por lo menos, una reforma constitucional?
Como puede verse, el Ceplan y el desarrollismo son elitistas y no muy democráticos (y ciertamente nada liberales).
Si las empresas pueden permitirse planificar es porque tienen derechos de propiedad claramente establecidos que los facultan a correr por sí y ante sí el riesgo del ensayo/error. Los tecnócratas, en cambio, no son titulares de los recursos estatales. Por eso la actividad empresarial del Estado es poco recomendable aunque genere ocasionalmente utilidad –como ahora–, ya que el riesgo de pérdida es consustancial a todo emprendimiento. Por lo demás, el éxito empresarial suele provenir más de genialidades espontáneas que del minucioso planeamiento.
En un plano más funcional, este gobierno ha demostrado una incapacidad absoluta de introducir exitosamente nuevas entidades en el aparato estatal. La Oficina Nacional Anticorrupción, el Ministerio del Medio Ambiente, etcétera son todas experiencias de crecimiento inorgánico, desorganizado y con superposición de funciones. Nada hace vislumbrar que el Ceplan correría mejor suerte.

Gonzalo Zegarra Mulanovich
Director
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