Una anécdota de una corredora inmobiliaria: (i) después de haber
enseñado un departamento a un potencial comprador, la llama
indignado el vendedor a recordarle que “la regla número uno es no
llevar cholos de mierda” (sic) a ver su inmueble.
Dos anécdotas de un “marketero”: (ii) el gerente general de una
empresa de consumo masivo se rehúsa a nombrar a una conocida
artista de origen popular como representante de una marca de
shampoos porque es chola; (iii) la jefa de producto de una
marca de zapatillas extranjeras confiesa que le molesta ver que las
usan los adolescentes de un cono emergente de Lima porque son
cholos.
Un reciente artículo de Harvard Business Review, titulado
“Rethinking Political Correctness”, recomienda que, antes de
condenar un determinado mensaje, se analice si no hay una
predisposición del receptor a interpretarlo racista o
prejuiciosamente. ¿Es posible una lectura benévola de los ejemplos
citados?
La ambigüedad de “lo cholo” dificulta el análisis. Según una
encuesta exclusiva a nivel nacional de Perú Económico (enero del
2006), el 80% de los peruanos nos consideramos cholos, pero no hay
consenso sobre lo que hace cholo al cholo: 27% considera que sus
orígenes y antepasados, 23% que sus gustos y costumbres, 21% que
sus rasgos físicos y 20% que su forma de hablar.
En cualquier caso, lo cierto es que –racial, cultural o social,
cualquiera sea su esencia– la choledad constituye una diferencia
entre los peruanos y determina una alteridad (el límite entre un
“nosotros” y un “ellos”), que implica la inferioridad de lo cholo.
Que ello invada el comportamiento económico-empresarial no sólo
trasluce la pequeñez moral y emocional de una parte de nuestra
clase empresarial (que sucumbe fácilmente a sus propios prejuicios,
inexplicables racionalmente), sino que además predica su torpe
miopía comercial: el que se rehúsa a vender sus productos a los
cholos simplemente se está sepultando. Lo más parecido al errático
concepto de “blancos” es el nivel socioeconómico A1, cuyos jefes de
familia son tan pocos que caben en el Estadio Nacional. Conforme
mejore la economía irán aumentando, pero precisamente mediante la
incorporación de más cholos al segmento (el 80% que se reconoce
cholo se queda corto, pues muchos de los que se sienten “blancos”
son también cholos, por mestizos).
En cambio, el poder adquisitivo de la emergente clase media
peruana, a estas alturas total e indiscutiblemente cholificada, es
impresionante. Basta con ver lo que ocurre en el Mega Plaza. Por
tanto, actuar comercialmente haciendo prevalecer el prejuicio sobre
el interés económico es, además de inmoral, estúpido. Y doblemente
inmoral desde que la obligación del gerente es obtener utilidad
para sus accionistas.
Felizmente, el mercado se irá encargando de depurar a los gerentes
racistas (cuyos resultados económicos necesariamente decaerán), o
bien de enseñarles esta elemental lección: en una verdadera
economía de mercado, a la larga el prejuicio racial –como el
crimen– no paga.
Gonzalo Zegarra Mulanovich
Editor
APOYO Publicaciones
Este producto tiene acceso restringido sólo para suscriptores a SemanaEconomica.com
Si usted está autorizado por favor ingrese su usuario(email) y contraseña:
SEMANA Económica es una publicación de
APOYO Publicaciones