Celebrar, según el diccionario, equivale a festejar, hacer fiesta.
Y fiesta, a regocijo. ¿Quién –aparte, quizás, del casi 20% de
peruanos que votó por él en primera vuelta– podría regocijarse con
el triunfo electoral de Alan García? No hay que confundir, pues, el
nervioso suspiro de alivio que acaso los lectores de
SE exhalaron al enterarse de los primeros
resultados, con una celebración.
Es un alivio que la democracia no esté en peligro, como por cierto
estaría si hubiera ganado Ollanta Humala (SE
1018). Sin embargo, la democracia es una condición necesaria, pero
no suficiente para el buen gobierno. Y aunque la coyuntura nacional
e internacional, y la biografía del presidente electo hacen
improbable que incurra en el desenfreno de heterodoxia de su primer
periodo, su irredenta personalidad hace a la vez harto improbable
que aproveche la inédita posibilidad que tiene ante sí de gobernar
bien.
En efecto –paradojas de la vida–, el perpetrador de una de las
mayores debacles de las que tenga recuerdo la humanidad (su
hiperinflación es la única de esas magnitudes que no fue causada
por una guerra) podría ahora comandar un gobierno verdaderamente
formidable. Recibirá (como nadie) un país con indicadores
envidiables y en pleno proceso de recuperación económica. Pero
además –y acaso más importante que lo anterior– tiene la
oportunidad y la legitimidad política para reconciliar al país,
cuya división geográfica (reflejada en el mapa de ganadores por
departamento) es manifestación de una historia conflictuada, en la
que la modernidad ha sido privilegio de pocos y no regla general.
Su oportunidad, pues, consiste en llevarla a quienes no la
tienen.
Por desgracia, hay pocas esperanzas de que lo haga. Lejos de haber
aprendido algo sustancial –como ha proclamado hasta el hartazgo–,
García se niega tercamente a admitir que sus políticas económicas
de los ochenta estuvieron mal per se, e insiste en que eran
razonables en su contexto histórico. Peor aún, y acaso consecuencia
de lo anterior, se resiste a desterrar de sus hábitos
gubernamentales la defensa de oligarquías empresariales, sindicales
y burocráticas. Así, ha anunciado el regreso a la trasnochada
estabilidad laboral absoluta (enemiga número uno del empleo), ha
declinado impulsar reformas sustanciales como la indispensable
puesta en vigencia del Código Procesal Penal (lo que augura mayor
corrupción policial e injerencia del Ejecutivo en la justicia), y
ha anunciado la adopción de políticas sectoriales (léase
privilegios mercantilistas para cierta casta de empresarios
enemigos de la competencia). En general, más estatismo y menos
libertades. Repito, nada que celebrar.
Aclaración: Pido sinceras disculpas por el error
aritmético contenido en mi última columna. La población promedio
por provincia no es 6,624 personas sino 140,305 y el promedio por
distrito no es menos de 1000, sino alrededor de 13,000.
Gonzalo Zegarra Mulanovich
Editor
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